viernes, 12 de octubre de 2012

Capítulo 3

Se separa de mí. Me mira avergonzado y se lleva la mano al pelo.
-Esto no debería haber pasado. Somos amigos, ¿cómo va a afectar esto a nuestra amistad?
La verdad es que no lo sé. Cuando me besaba sólo estaba pensando en que no se acabara aquel momento.
-No lo sé, pero a mí me ha gustado el beso –como siempre, yo voy al grano.
-Y a mí. Estoy enamorado de ti, Dandelion. Desde la primera vez que te vi, en la panadería de tu padre hace seis meses, no pude sacarte de mi cabeza.
Le sonrío. Nunca pensé que esto podría llegar a ocurrir, pero nunca se sabe lo que la vida te puede ofrecer. Como espera que conteste algo, le rodeo el cuello con mis brazos y le beso apasionadamente.
Nos quedamos así un rato, hasta que empieza a nevar otra vez con fuerza. Está guapísimo con el pelo cubierto de nieve. Empiezo a tiritar y él me rodea la cintura y los hombros con sus brazos.
-¿Dónde vamos? Está nevando muchísimo –le digo.
-No sé, donde tú quieras.
-A mi casa, a estas horas todavía no habrá nadie.
-Vale.
Nos adentramos en la Aldea de los Vencedores, y seguimos el camino que lleva a mi casa. Abro la puerta. No hay nadie, como era de esperar. Dejo mi abrigo en el perchero de la entrada, y voy a encender la chimenea para entrar en calor. Caleb se sienta en el sofá blanco del salón y yo a su lado. Me rodea con su brazo izquierdo y apoyo mi cabeza en su hombro.
-¿Sabes qué? Siempre he querido oírte tocar el piano...
-¿De verdad? Bueno, pues te toco alguna pieza ahora mismo, si quieres.
-Sí, por favor.
Le doy un besito en los labios y me dirijo al piano, que está también en el salón. Le toco una obra lenta y bonita, que me encanta. Cuando acabo, y Caleb me besa dulcemente. Después, se sienta a mi lado en la banqueta del piano y me susurra en el oído:
-Nunca pensé que alguien pudiera emocionarme de esa manera. Me ha encantado.
-Muchas gracias –le digo, volviéndome a acercar a él.
En ese momento, entran mis padres y mi hermano por la puerta y Caleb se separa rápidamente de mí.
-¿Qué pasa aquí? –pregunta papá.
-Nada. Quería oírme tocar el piano…
Mi padre me sonríe pícaramente, sabe que algo pasa entre nosotros dos. No se le escapa ni una.
-Bueno, Caleb, ¿qué tal te va?
-Muy bien, señor Mellark, gracias –responde Caleb, amablemente.
-Oh, llámame Peeta, por favor. Ya eres como de la familia –Le sonríe  y mi madre frunce el ceño. Yo le hago un gesto con la mano diciéndole que luego le cuento qué ha pasado-. ¿Quieres quedarte ha cenar hoy?
-No sé, mi abuela está sola en casa… Tal vez otro día, gracias.
-De acuerdo, Caleb. Saluda a tu abuela de nuestra parte –dice mi madre, de repente.
-Sí, lo haré. Adiós, señor y señora Mellark –Abre la puerta, para irse-. Adiós, Dandelion.
Cierra la puerta antes de que pueda decirle “Adiós.”
Después, mi padre se va a la cocina con mi hermano, para preparar la cena. Mi madre me dice que le acompañe a su habitación.
Me siento en su cama, incómoda. Entonces, me pregunta:
-¿Qué pasa entre vosotros dos, Dandelion?
Se sienta a mi lado, y me coge la mano con dulzura.
-Nada, solo que hoy… me ha confesado que estaba enamorado de mí después de besarme.
Miro a mi madre, y sonríe.
-¿Y tú que le has contestado?
-Que sentía lo mismo. Después de que me besara… me he dado cuenta de que me estaba enamorando de él.
-Es un bueno chico, además de guapo –me dice, guiñándome un ojo-. Tu padre se ha enterado nada más miraros, no sé como lo hace para averiguarlo, la verdad… Me alegro por ti, hija, pero ten cuidado.
-Tranquila mamá, no dejaré que me haga daño.
La abrazo con fuerza y salimos de la habitación. Bajamos las escaleras y entre las dos ponemos la mesa de la cocina, mientras mi padre cocina las alitas de pollo que han comprado en la carnicería. A nosotros nos gusta más la carne de caza que traen mamá y Lain, aunque probamos el pollo y nos encantó a todos.
Cenamos, y después nos reunimos todos alrededor del fuego de la chimenea. De repente, suenan tres pitidos agudos que proceden del televisor.
-Ese pitido… -dice mi madre, con voz preocupada.
-…no sonaba desde que el Capitolio fue derrotado –termina mi padre la frase, tenso.
La pantalla negra se enciende y aparece una mujer de pelo azul corto, con la piel blanca y tatuajes negros en los ojos, y un hombre con pelo rubio, cejas negras larguísimas y piel azulada.
-¡Hola a todos los habitantes de Panem! –dice la mujer.
Mi madre se yergue, con los ojos abiertos como platos, y dice:
-Peeta, no creerás que…
-Sí, eso es justo lo que creo, Katniss.
El hombre prosigue con su discurso:
-Bienvenidos a la televisión del Capitolio. Como todos los telespectadores estarán sorprendidos, les aclararemos las dudas: hace dos días que algunos antiguos ciudadanos del Capitolio retomaron el poder, y los rebeldes no pudieron con ellos. 
-Así es, Wells. Y tenemos una gran noticia que dar a los telespectadores... ¡que comiencen los 77º Juegos del Hambre!
Mi madre se pone delante del televisor, y repite con frecuencia: “No, no, no…”, mientras hace el intento de no llorar.
-Las normas de estos Juegos son: los participantes serán, como siempre, elegidos por un sorteo. Aquí está la lista con los nombres de los que entrarán en el sorteo, que serán por dónde residen en estos momentos, porque sería muy lioso mandar a cada ciudadano a su distrito de nacimiento. El sorteo será en verano, como lo ha sido siempre. Así que... ¡preparaos para luchar!
Mi madre suelta un grito de angustia y empieza a llorar. Papá la abraza. Es todo lo que me han enseñado en el colegio: el sorteo, las normas... Aunque para la cosecha de esta edición estén todos los habitantes del Distrito 12, me da la sensación de que saldré elegida yo o Lain, o los dos, por ser hijos del Sinsajo, la chica que dio tantos problemas al Capitolio.
Abrazo a Lain, y después abrazamos a nuestros padres. Y nos quedamos así los cuatro, asumiendo la cruda realidad y temiendo el día en que no vuelva a ver a mis padres, a las personas que lo dieron todo el uno por el otro.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Hola, lectores :) Os agradezco que comentéis en cada capítulo, porque vuestras palabras son las que me dan ánimos a seguir cada día escribiendo. Gracias a todos los que comentáis, ¡sois geniales! Besos de vuestra autora,
Noelia Mellark. ‹з